UNA BATALLA NAVAL GANADA POR LA CABALLERIA

 

En la invasión inglesa a Buenos Aires de 1806, fueron gauchos los que, con más denuedo que organización disciplinada, intentaron oponer sus recursos de paisanos a los aguerridos batallones de la Rubia Albión. Son los tiempos en que la acción libertadora conocida como la Reconquista se encuentra en su fase final. Esta se había iniciado con el desembarco de las fuerzas patriotas provenientes de la Banda Oriental (Uruguay), comandadas por el capitán de navío Santiago de Liniers (1753-1810), el 4 de agosto en Las Conchas (hoy puerto de Tigre), y había continuado con la toma del baluarte inglés del Retiro, en el extremo norte de la dudad, durante la madrugada del 11 de agosto.

Al anochecer de esa misma jornada, mientras los ingleses montan nerviosa guardia en el centro de Buenos Aires, las tropas de Liniers se desplazan silenciosamente hacia ellos desde el Retiro. En el transcurso del avance comienza la incorporación masiva y entusiasta de la población de la capital a la fuerza reconquistadora. Centenares de hombres y niños se pliegan a las filas de Liniers, reclamando armas para participar en la lucha. Los cañones son arrastrados a pulso, a través del barro, por cuadrillas de muchachos, hecho que permite a Liniers alcanzar su objetivo en la madrugada del 12 de agosto.

El cronista y capitán inglés Alexander Guillespie, testigo presencial de aquellos sucesos, en su libro Gleanings and Remarks (Apuntes y Observaciones), publicado en Londres en 1818, especie de diario personal, cuya traducción apareció en la Argentina en 1921 bajo el título de Buenos Aires y el Interior — reeditada luego por la colección Biblioteca Argentina de Historia y Política (volumen 22), Hyspamérica, Buenos Aires, 1986—, testimonia el miedo y el desprecio de los invasores anglosajones hacia las clases bajas de Buenos Aires y su particular forma de encarar el combate:

“Durante la noche del 11 un ladrar constante de perros se oyó en dirección al Retiro y su vecindad, que indicaba algunos movimientos extraordinarios. El alba del 12 nos mostró las iglesias y casas llenas de gente, que solamente esperaba la aproximación de Liniers para cooperar en el alzamiento general... Con mi anteojo podía percibir el clero inferior particularmente activo en manejar sus armas y dirigir las tropas que tenían abajo... Nuestra última resistenciase hizo a las once, en la plaza del Mercado, donde el valiente regimiento 71 se formó con cañones en cada flanco y uno en el centro... Como finta para atraer al enemigo, tan inmensamente superior, el 71 retrocedió, pero sin su deseada consecuencia. Nada podía decidirlo a la lucha abierta con todo su número. Cada minuto disminuía el nuestro, y la humanidad exigía que hombres tan valientes no se expusieran como blanco a la puntería de una multitud sanguinaria aunque cobarde. (pág.80)” Amanecía recién en aquel día memorable de la reconquista.

La noche anterior había llovido copiosamente, soplando luego un violento viento del oeste, que corrió hacia adentro al Río de la Plata. Desde las primeras horas de la mañana toda la ciudad está ya en rebelión. Desde las azoteas, balcones y campanarios se hace fuego de fusilería sobre las tropas inglesas. Por las calles que conducen a la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo), avanzan en tropel las fuerzas de la insurrección envueltas en el humo de las explosiones y el retumbar de los disparos. Liniers, instalado con sus lugartenientes en el atrio de la iglesia de la Merced (ubicada en la esquina de las calles Tte. Gral. Perón y Reconquista), ha perdido el control de las operaciones: sus soldados, mezclados con el pueblo que pelea a mano desnuda, no escuchan ya las voces de los oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al invasor. Un diluvio de fuego se desata sobre las posiciones británicas en la plaza. Allí, al pie del arco central de la Recova, está Beresford, pálido y poco flemático, con su espada desenvainada, rodeado de los escoceses del 71. Esta es la última tentativa de resistencia de los europeos. Las descargas incesantes abren sangrientos claros en las filas británicas.

A los pies de Beresford cae, ultimado de un balazo, su ayudante, el capitán Kennet. El general inglés comprende que ya no es posible continuar la lucha, pues sus tropas serán aniquiladas hasta el último hombre. Ordena entonces la retirada hacia el Fuerte (hoy Casa Rosada). Allí, momentos más tarde, iza la bandera de parlamento. Volcándose como un aluvión en la plaza, los soldados y el pueblo llegan hasta los fosos de la fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a cuchillo a los británicos. En esas circunstancias arriba Hilarión de la Quintana, enviado por Liniers a negociar la rendición. Esta deberá ser incondicional. La muchedumbre, terriblemente enardecida es a duras penas contenida. Se exige a gritos que Beresford arroje la espada. Un capitán británico lanza entonces la suya, en un intento por calmar a la multitud. Pero eso no conforma a las masas, y Beresford debe aceptar, aun antes de que sus soldados hayan depuesto las armas, que una bandera española sea enarbolada sobre la cima del baluarte.

A las 3 de la tarde del 12 de agosto de 1806, el pequeño ejército inglés, reducido ahora a menos de mil mosquetes (en las playas de Quilmes, el 25 de junio, había desembarcado un total de 1635), marchó hacía el Cabildo, en la Plaza Mayor entre dos filas de milicianos criollos, donde hubo de rendir sus banderas, estrellando muchos de los vencidos sus armas contra el suelo, frustrados e indignados por haber sido derrotados por aquellos “andrajosos”... “plebe frenética, que parecía asumir para sí el poder soberano...”, como cita el cronista Guillespie.

En esos mismos gloriosos instantes en que la Patria nacía acunada entre ponchos y chiripás, por los arrabales septentrionales de la urbe —que por entonces contaba con unos 471 mii habitantes— entraba un gallardo y joven jinete con el pingo al galope tendido. Por su poncho colorado mostraba que era un gaucho salteño. Era el alférez Martín Miguel de Güemes del Regimiento “Fixo” de Buenos Aires. El gaucho Güemes que tenía 21 años por entonces, venía galopando desde la madrugada del día anterior, por el camino de postas, proveniente de La Candelaria, paraje situado a 79 leguas (395 kilómetros) de Buenos Aires. Traía un despacho del virrey Sobremonte a Liniers, cumpliendo tamaña hazaña en menos de treinta horas. Esto que en la actualidad parece una quimera, en aquellos tiempos era sólo una cuestión de “tener lo que hay que tener” y “cinchar duro y parejo” como buen paisano (ver Luis Güernes, Giiemes Documentado, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1979, vol. 1, págs 64-71). Al presentarse ante el héroe de la Reconquista, de quien era el edecán y su principal ayudante, apenas pudo tomar un breve respiro. Una nueva y difícil misión le aguardaba, como ahora veremos.

Por el lado del río ocurrieron algunos hechos extraordinarios ese famoso 12 de agosto. Los pocos barcos pequeños que les habían quedado a los británicos, después del temporal de la noche anterior, se acercaron al Retiro para tirar sobre ese punto y sobre todo el bajo, desde allí hasta el Fuerte. En las primeras horas de la tarde, las fuerzas criollas colocaron en batería a dos piezas de 18 libras, que pusieron fuera de combate a un pequeño barco inglés y a la sumaca La Belén de las españolas que el almirante Sir Home Riggs Popham (1762-1820) había capturado en el Riachuelo.

El Justina, un buque mercante artillado con 26 piezas y tripulado con más de cien soldados, oficiales y marineros, cuyo palo mesana había sido tronchado de un cañonazo el día anterior, había estado disparando casi toda la tarde sobre las fuerzas de la reconquista, no sólo por la ribera y sobre la Alameda (hoy avenida Leandro N. Alem), sino también en las diferentes calles que ocuparon, expuestas a su fuego. Desconociendo los secretos de la navegación en el río, quedó varado por una súbita bajante a unos 400 metros de las barrancas de la Plaza de Toros en el Retiro (hoy Plaza San Martín), lo que fue advertido por los centinelas de la batería Abascal emplazada en las cercanías donde actualmente se halla el monumento ecuestre en honor al Padre de la Patria. El eminente tradicionalista argentino Pastor Servando Obligado (1841-1924) publicó en el diario La Razón del 12 de agosto de 1920 (asequible en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional) un artículo intitulado Güemes en Buenos Aires. Transcribimos enseguida parte de dicho artículo, porque el autor da como protagonista del episodio del “Justina” al futuro general Güemes:

Antes de ser general fue soldado, como ante todo, salteño, y sobre todo, patriota de nacimiento. Afiló la espada que había de sablear chapetones hasta la más lejana frontera en piedras de estas calles, ensayando las memorables cargas de su renombre por sierras y montañas, en la playa del Plata, cuya bajante dejó en seco al buque de guerra inglés, cooperando a su abordaje... Luego, más adelante, se refiere al instante en que Liniers envía a su edecán hacia el Retiro con un parte de guerra:

“Ud., que siempre anda bien montado; galope por la orilla de la Alameda, que ha de encontrar a Pueyrredón, acampado a la altura de la batería Abascal, y comuníquele orden de avanzar soldados de caballería por la playa, hasta la mayor aproximación de aquel barco, que resta cortado de la escuadra en fuga...” (Es de advertir que esta orden sólo era de aproximarse al buque, sin referencia a su abordaje). Menos tardó el ayudante Güemes en recibir la orden que en transmitirla, como los gauchos de Pueyrredón, ganosos porque no se le escapara la presa en salir al galope tendido por la playa”.

Pueyrredón al recibir el despacho puso inmediatamente bajo el mando de Güemes la única tropa montada de que disponía, no más de 30 gauchos armados con lanzas, boleadoras, facones, sables y algunas tercerolas. Estos no trepidan en descender la empinada barranca y zambullirse en el brumoso río. Con sus caballos metidos en el agua hasta los ijares, se lanzan intrépidos tacuara en mano en una carga asombrosa, pocas veces registrada en la historia militar: el abordaje a caballo de un buque de guerra de la marina más poderosa del mundo de aquel entonces. Los bravos paisanos alentados por el alférez salteño asaltan la nave agresora y rinden a su tripulación luego de breve y reñido combate. Los británicos abordados, muchos de ellos artilleros y tiradores excelentes, habían sido doblegados por el estupor de ver surgir repentinamente esos centauros marinos emponchados que los acometían y trepaban sobre sus amuras con una vehemencia inaudita. Por algo dijo el escritor y poeta argentino Arturo Capdevila (1889- 1967), que en Güemes “puede haber un abencerraje escondido en su corpachón atlético” (La Prensa, 8/4/62). En la actualidad esas aguas cruzadas por gauchos a caballo capitaneados por Güemes, ya no son más aguas. El lugar que cubrían ha sido ganado al río. Es tierra firme y, en ese punto geográfico en que el prócer conquistó un trofeo, hoy se encuentra la Plaza Fuerza Aérea Argentina.

El heroico episodio de la toma del “Justina”, prácticamente ignorado por la enseñanza oficial, ha sido acreditado pornumerosos historiadores de reconocido prestigio. La estrepitosa derrota de las fuerzas invasoras inglesas por la acción popular de Buenos Aires en 1806 marca el nacimiento de la conciencia nacional argentina, la cual daría lugar al sentimiento de independencia del yugo español. Era la primera efusión de una patria que nacía en los corazones: integración soberbia y generosa de las esencias indígenas, africanas e hispanomusulmanas, sueño de redención de las masas humildes y sufridas que preferían morir en la ley rústica de sus orígenes antes que prosperar en la ley postiza de los invasores europeos. Por eso el jefe de la también frustrada invasión de 1807 (compuesta por la considerable fuerza de once mil británicos), teniente general John Whitelocke, tuvo de inmediato la sensación de que la “Pax Británica” no podría imponerse a los pueblos indohispanoamericanos; y le escribía al almirante George Murray: “De algo puede Ud. estar seguro, y ello es que Sud América nunca podrá pertenecer a los ingleses”. Asimismo, el teniente coronel Lancellot Holland, que fue apresado junto con el general Craufurd y los coroneles Pack y Guard en el glorioso convento de Santo Domingo durante la invasión de 1807, acusa en sus memorias la humillación sufrida a manos de las fuerzas argentinas: “Se nos ordenó salir desarmados.

Fue un momento amargo para todos nosotros: los soldados tenían los ojos llenos de lágrimas. Se nos hizo marchar a través de la ciudad hasta el Fuerte. Nada podía haber sido más mortificante que nuestro paso por las calles en medio de la chusma que nos había vencido. Eran individuos de piel muy morena, cubiertos de harapos, armados con mosquetes largos y algunos con espadas” (Lancellot Holland, Expedición al Río de la Plata, Eudeba, Buenos Aires, 1976, págs. 122-123).

Esta malquerencia causada por la derrota y los desengaños sufridos se reflejarían en la literatura británica. Al escritor escocés Sir Walter Scott (1771-1832), famoso autor de novelas históricas como lvanhoe y Quentin Durward, el despecho y la deshonra de las armas inglesas le arrancaron estas palabras cargadas de rencor y desaliento: Las vastas llanuras de Buenos Aires—dice— no están pobladas sino por cristianos salvajes, conocidos bajo el nombre de “huachos” (por decir “gauchos”), cuyo principal mobiliario son los cráneos de caballos, cuya única comida es la carne cruda con agua, cuya única ocupación es apresar ganado cimarrón y cuya principal diversión es montar un caballo hasta reventarlo. Lamentablemente —añade el “romántico civilizador”— prefirieron su independencia nacional a nuestros algodones y muselinas (Vida de Napoleón Bonaparte; tomo II, Cap. 1). Pero, ¿quienes eran y de dónde venían esos terribles gauchos que poblaban la pampa infinita e indómita y que tantos reveses y amarguras habían hecho padecer a los súbditos de la raposa Inglaterra?