(No tan) a la deriva

 

Los no iniciados imaginan los veleros como mundos plácidos y lejanos, pero ante quienes se han atrevido a plantar el pie sobre la cubierta se despliega un universo desconocido y fascinante, en el que la calma es lo de menos. Navegando a vela se reencuentra un tiempo de compañerismo y naturalezas asombrosas, se descubren otros brillos en el río, se olvida la existencia terrestre para inventarse, cada vez, una vida en el agua.

Treparse a un velero es la placidez y el vértigo que se pueden imaginar desde la costa, pero que sólo se entiende cabalmente cuando se prueba, sometiendo los sentidos a un montón de sensaciones perturbadoras. Como ese manjar exquisito que cautiva por la sola mención de los ingredientes, pero que trae el verdadero deleite recién cuando se lo huele y lleva a la boca. Es adrenalina y relax. Siempre, puro goce. Es entregarse a una contradicción seductora: abandonarse de ratos a un andar suave por el agua, con una brisa que reconforta la piel y arrebata los cabellos, dulcemente. Pero también es fuerza y dominio: ceñir las velas hasta descubrir el ángulo justo de encuentro con el viento y conseguir así que éste succione el barco hacia delante, o aflojarlas tanto como para que pegue de popa y empuje. Siempre en el momento y hasta el punto precisos, para paladear después el triunfo de avanzar hacia donde se desea. Es tolerar estoicamente que el casco se escore (peligrosamente) mientras mayor y genoa pulsean con vientos embestidores, repentinamente animados por los bríos de demonios invisibles y caprichosos, esos que hoy soplan desde el Sudeste y mañana, porque sí, desde el Norte. Es verdad: también supone entregarse a esas calmas insuperables, cuando el aire perezoso no atina a dar ni el más leve impulso. Entonces, la mirada se fija en algún punto del aparejo, se pierde en derredor o tras la escotilla, invocando las fantasías más inconfesables.

Aprender a timonear, cuando no se tiene experiencia alguna que refrende esa vocación, no es menos fascinante. Llegar una calurosa y transparente mañana de marzo al puerto de San Isidro para subirse por primera vez a no sé que barco, con no sé quién y a hacer cosas que hasta entonces eran capítulos de una ciencia infusa, sólo se explica por ese afán de comerse la vida a cucharadas que a veces gana el alma. Porque se va. Porque se intuye más bella de lo que pareció hasta el momento o, simplemente, porque hay que compensar al corazón. Así, de repente y bajo guía docente, empiezan los descubrimientos, estimulantes como un juego de chicos. Llevar el timón a la derecha orienta mágicamente la proa hacia la izquierda (es decir, en la insospechada dirección opuesta). Lo más osado es orzar, virando el barco para quedar 45 grados en dirección al viento. No más, porque las velas flamearían alborotadamente, descubriendo el error de la maniobra; ni menos, porque un velero plenamente enfrentado a la corriente de aire se planta indefectiblemente como un auto sin motor. Entonces podría sobrevenir uno de los tantos bochornos posibles de los aprendices. Otro es paralizarse con indisimulado desconcierto ante el fárrago de términos ignotos que sólo con el correr de unos cuantos sábados comienzan a resultar un poquito más familiares. Hay que sobreponerse con dignidad a la sorpresa de "obenque", "fogonadura" o "cockpit" y disimular las connotaciones nada deportivas que a un principiante le sugieren "el amante de rizo", "amantillo", "macho" u "obra muerta".

La primera regla para evitar la frustración es reírse de las torpezas propias y divertirse (discretamente, eso sí) con las ajenas. La otra es desinhibirse cuanto sea posible y tensar la escota con la fuerza necesaria, aun a costa de quebrar una uña o desgarrar la costura del pantalón. O preguntar lo obvio, sin vergüenza del experto que fiscaliza el operativo. El premio por animarse, tolerar las manos entumecidas por el frío, las mejillas calcinadas por el sol o los oídos saturados por el murmullo de ese compañero que da instrucciones todo el tiempo, justifica el esfuerzo.

Uno puede constatar que la orilla del Río de la Plata está llena de merodeadores felices. Que de cerca su agua es de un marrón opaco lechoso, pero que hacia la línea del horizonte, sol mediante, gana brillos alucinadores. Que es posible olvidarse de todo, absolutamente de todo, y embriagarse con la sensación de que se nació entonces, sobre esa nave, bajo ese cielo y junto a esos otros que buscan dichas similares.

Ni hablar de la cerveza vespertina al regresar de las tres horas de práctica fatigosa. ¿Cómo diablos hacer bien ese amarre que intenté con escaso éxito una decena de veces? ¿Qué importó quedarse sin combustible y navegar seis horas y media sólo a vela, sin abrigo apropiado e improvisando con un balde un impúdico baño si a bordo había un buen Cabernet Sauvignon y mejor compañía?

Ese fresco fin de semana de abril, el Delta también nos hizo un poco adolescentes, no sólo entusiasmados por el fervor náutico. La mira y lo mira. Se buscan. Rozan las manos como por accidente y sonríen. Comparten el camarote de proa o sólo el deseo de dormir acunados por las mismas olas. En el fogón, la botella de Tía María pasa de una mano a otra mientras se estalla por el mismo chiste. Se comparten picos de botellas, trozos de comidas o espacios reducidos con una promiscuidad que es muy bienvenida. Es parte del encanto de este juego de curiosear otro mundo.

Encontrarse con otros que fueron a buscar en el mismo rincón de la costa urbana su carnet de timonel, alentados por vaya saber qué otros sueños. Acreditando buena experiencia previa en la navegación o idéntica ignorancia. Qué más da. Desconocidos que rápida y naturalmente devienen en compinches y hasta potenciales compañeros de futuros viajes.

Por supuesto, también están ellos, los cómplices de todo. Los instructores, que enseñan, alientan, que aparentan conocer bastante sobre la magia del agua. Esa a la que estoy sucumbiendo irremediablemente.

(El siguiente artículo fué publicado en el diario Pagina12)