EL SARCÓFAGO DE PORTUS

Por el Ingeniero Gerardo Botticini

Bastante evidente es la raiz latina de la palabra puerto que no requiere mayores explicaciones, pero ¿qué significaba el portus para los latinos del imperio romano?

Portus era nada más ni nada menos que el puerto sobre el mar Tirreno de Roma, la capital del mundo. Por lo menos del mundo en el que se moldeó nuestra civilización y allí ocurrió hace más de mil setecientos años un accidente trágico del cual vamos a hablar.

Héroes y bandidos
Mucho antes de que se inventara la escritura, las historias de los héroes se transmitían a través del tiempo por medio de la narración. Desde que el mundo es mundo a los seres humanos nos encanta contar y retransmitir chismes, pero, por supuesto, agregándole, quizás en forma inconsciente, un sesgo personal que nos conviene o nos place y que deforma de boca en boca la noticia original hasta el infinito.

Y así podía ocurrir que algún delincuente audaz pero ganador pudiera, gracias a la imaginación de cada narrador, pasar a la historia como un héroe, como el caso del simpático Ulises que era un pirata salteador de las costas griegas y que hoy en día todavía nos deleita con sus aventuras de la Odisea aunque de acuerdo al derecho moderno debería ser sentenciado a morir en la silla eléctrica por sus fechorías.

Pero la humanidad evolucionó e inventó la escritura. Las narraciones verbales se pudieron fijar en moldes escritos y así el gran Homero nos dejó la primer historia náutica que fue la Odisea, y Ulises ya no pudo evolucionar en el imaginario popular hasta llegar a ser un santo y tendrá que conformarse con quedar para siempre como un héroe, un ganador, lo cual ya es bastante mérito.

Dibujo, pintura y escultura Lo notable y hasta extraño en la historia de la técnica comunicacional es que si bien las formas pictóricas fueron un medio primitivo para expresar ideas a la posteridad, la escritura con sus símbolos abstractos se desarrolló mucho antes que la capacidad para dibujar o pintar con perfección.

Recién el mundo griego clásico mostró una notable capacidad para expresarse por medio de la escultura y así nació un fantástico medio de expresión que se perfeccionó en el Renacimiento gracias al desarrollo de la perspectiva con la técnica del dibujo, que sería, de allí en más, un medio excelente para representar historias

En el interín los romanos, herederos de muchas de las habilidades griegas, tenían buenos escultores y grabadores del mármol que usaban para representar hechos importantes y así ocurrió que a una familia golpeada por la tragedia de la muerte de su hijo se le ocurriera encargar a un escultor la primer historia ilustrada de la náutica. Un accidente ocurrido en el puerto que se presenta en el idioma universal de las figuras e imágenes mudas y que ahora requieren de nuestra imaginación náutica y habilidad deductivas para descifrarlo

A mí personalmente me encantan los libros bien ilustrados. Detesto las ediciones baratas sin figuras que según los expertos dicen que permiten desarrollar la imaginación. Todo lo contrario, los buenos grabados y figuras de artistas capaces enriquecen la imagen transmitida y hasta rechazo un libro si está mal ilustrado. Un mal dibujante o ilustrador arruina un buen libro.

No sé quien dijo que una buena ilustración puede expresar más que mil palabras, pero lo cierto es que estaba muy acertado, y sino veamos los dibujos anatómicos o de mecanismos del genial Leonardo, el de la Gioconda.

Me encanta escuchar los relatos de entendidos que explican la historia que se esconde detrás de un cuadro importante y así nos encontramos ahora frente a un sarcófago en el cual el artista esculpió una historia que nos toca descifrar.

Veamos la imagen y comencemos a deducir.

Se trata de una talla esculpida en uno de los lados de un sarcófago de mármol que contiene los restos mortales de un niño presuntamente ahogado en un accidente marítimo en el puerto de Roma, es decir en aquel entonces Portus.

El método deductivo.

Vemos tres naves de las cuales la del medio es diferente a las de los extremos. Marineros a bordo de las naves en posiciones expresivas muy diversas. Un botecito al garete y una figura humana nadando en las aguas revueltas delante de la nave central. Cabe la primera pregunta: ¿se está bañando o se está ahogando?

En el extremo izquierdo de la figura se ven personas en el muelle mirando la escena. En el extremo derecho el perfil de un faro. Por consiguiente, primera deducción inteligente, toda la escena transcurre en la boca de entrada a un puerto.

La segunda deducción sagaz es que si la figura se encuentra tallada en el sarcófago de un niño ahogado el mismo debe ser el que vemos en la figura y no está precisamente tomando un baño de refresco. Se está dramáticamente ahogando y las naves están tratando de socorrerlo.

Si somos nautas podemos avanzar un poco más en nuestras deducciones y observar que las naves grandes de los extremos tienen sus velas achicadas, recogidas hacia arriba, y por lo tanto soplaba viento bastante fuerte. Por lo tanto, nuestra tercer deducción inteligente es que la mar estaba agitada y el chico debe haberse caído al agua desde su bote, lo que refuerza la anterior hipótesis.

Hasta acá nos parecemos a esos detectives de la ficción como Sherlock Holmes que poseían una capacidad fantástica de observación y deductiva que nos deleitan con sus desenmascaramientos de todo tipo de misterios.

Pero eso es en la ficción, porque a mí personalmente se me acaba la sagacidad para sacar más conclusiones. Sin embargo, hay más y muy interesante.

El hecho de que yo, o ustedes los lectores, no las veamos no quiere decir que no existan, para eso están los expertos que ven más allá de las apariencias, y como por suerte tengo la explicación al acertijo, tengo que reconocer una limitación a mis deducciones inteligentes.

Antes de revelar las conclusiones de esta historia, como dar un poco de suspenso, creo oportuno hablar de algunos aspectos técnicos que bien vale la pena conocer porque este artículo es para una revista náutica y no para lectores de novelas de detectives.

Las naves de esa época.

Las figuras nos muestran dos tipos de navíos típicos de esa época.

La corbita romana de vela cuadra y una pequeña vela colgada del bauprés denominada artemon. Además dos velas triangulares al tope completaban el plano vélico. Su popa remataba en un cuello y cabeza de cisne. Un puente de mando hacia popa y dos timones como remos, uno a cada banda. La vela se podía achicar, en una manera similar a la de tomar rizos, pero hacia arriba por medio de cabos que colgaban verticalmente y se denominan brioles. Era la nave clásica de carga que dominaba todo el mediterráneo por el siglo III de nuestra era. Cuando el apóstol San Pablo vivió la corrida de un temporal en su viaje a Roma lo hizo a bordo de una nave similar y relata que los timones se levantaban con amantes desde la borda.

La otra nave lleva una vela envergada verticalmente al mástil con una culebrilla por lo que se parece a la vela cangreja de épocas posteriores con buena capacidad para barloventar.

En lugar de un pico superior lleva una entena en diagonal y se parece a un aparejo de cat moderno con el palo ubicado bien a proa sin estay proel. Para esa época probablemente se estaba introduciendo en el área del Mediterráneo la vela latina que en realidad es árabe y no tan latina aunque es opinión generalizada que esto ocurrió recién hacia la edad media.

Este barco es de menor porte que la corbita y se reservaba para navegaciones costeras.

Para algo los expertos son expertos y capaces de reproducir estas naves a partir de dibujitos como el de la figurita. Hasta deducen que eran capaces de navegar a orejas de burro con dos velas simétricas en base a la otra figurita adicional.

La historia completa.

La vista aérea inicial que muestra el Portus indica una entrada parecida a Puerto Norte y allí ocurrió el episodio que narramos según la interpretación del autor Lionel Casson en su obra “ Los Antiguos Marinos”.

Era un día ventoso con mucho oleaje y el muchacho cayó al agua desde un pequeño bote ante los ojos de sus padres que observan desde el malecón. Dos naves avanzan en su auxilio desde dentro del puerto. En el momento crítico la nave que va adelante, es decir la más pequeña, se encuentra con un mercante que entra al puerto corriendo peligro de colisión.

Los barcos salientes corren con viento desde tierra por la aleta de babor, la entrante está ciñendo con viento que le entra por estribor. Las velas achicadas con sus brioles ponen en evidencia las condiciones de viento fuerte. La inminencia del abordaje obliga a la primer nave delantera a abandonar el rescate y maniobra dejando esa tarea a la segunda que venía atrás donde se observa un ansioso tripulante inclinado sobre la borda tendiendo las manos hacia el náufrago. El chico no se percata de esta segunda nave auxiliadora, mirando desesperadamente a la primer nave que venía en su ayuda y que ahora no puede preocuparse más por él.

Las dos naves que se encuentran en la zona de colisión tiene excelentes capitanes y maniobran velozmente para evitar el desastre. En la nave entrante de vela cuadra colocan la vela mayor al pairo para frenar al viento. El artemon todavía desplegado vuelca la proa a babor y su marinero de proa presa del terror abandona la maniobra de esa vela corriendo al centro del barco y poniéndose a rezar.

En la otra nave el capitán está ocupado en virar hacia adentro del puerto para lo cual tiene que orzar y cazar su vela, la que por su diseño se lo permite sin problemas pero requiere el laboreo de sus marineros que deben ocuparse primordialmente de esta maniobra y no pueden dedicarse al náufrago.

Lamentablemente el chico no pudo ser salvado, esperemos que al menos se haya evitado la colisión.








(Artículo también publicado en la revista Timoneles)